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Hasta ahora la carrera de John Mayer me había interesado poquísimo. Conocía algunos de sus hits (‘Daughters’, ‘Your Body Is A Wonderland’…), su reputación como gran guitarrista (no en vano lleva girando con Dead & Company desde 2015), y su fama de Don Juan (entre otras ha estado con Jennifer Love Hewitt, Jessica Simpson, Jennifer Aniston, Renee Zellweger, Taylor Swift, Katy Perry…), pero reconozco que nunca me había puesto un disco entero suyo.

El caso es que el mes pasado escuché su nuevo single ‘Last Train Home’, y enseguida me hizo recordar ese tipo de canciones que en los 80 hicieron triunfar a gente como Eric Clapton, Phil Collins, Don Henley o Steve Winwood: pop rock corporativo diseñado para relanzar como solistas a tipos que habían pertenecido a bandas míticas de los 70. Os aseguro que en su momento odiaba gran parte de todo aquello, pero la nostalgia es un sentimiento poderoso y admito que ‘Last Train Home’ fue suficiente para despertarme la curiosidad ante el nuevo trabajo de Mayer. Más todavía cuando vi que su título era Sob Rock (podría traducirse como Rock Llorón) y su portada de tonos pasteles y una estética totalmente ochentera. Para mí sorpresa, y más después de ver el videoclip de ‘Shot In The Dark’, descubrí que Mayer en el fondo era un cachondo.

Al estilo de Van Weezer, Sob Rock es un disco planteado conceptualmente en base al sonido y la estética de otra época. Pero donde Weezer se quedaron a medias, Mayer ha ido hasta el fondo, fichando al productor Don Was, y músicos de sesión como el teclista Greg Phillinganes, el bajista Pino Palladino o el percusionista Lenny Crasto que vivieron en primera persona aquellos tiempos en la que en los estudios de grabación corría la cocaína como si fuera agua. Con todos ellos, Mayer ha facturado un disco que perfectamente podría haber sido publicado en 1986, y que como muchos álbumes de la época contiene grandes canciones al mismo tiempo que roza el horterismo en muchos momentos. Es el equivalente sonoro a una película de erotismo soft.

Sob Rock puede tomarse como un chiste enorme, pero es innegable que, pese a su irónico envoltorio, es difícil resistirse al encanto de temas como ‘Last Train Home’, ‘New Light’, ‘Shot In The Dark’ o ‘Til The Right One Comes’, y los elegantes licks de guitarra que a veces tiran hacia Dire Straits (‘Wild Blue’) y otras al Clapton más comedido (‘I Guess I Feel Like’). Podría haberlo llamado Boomer Rock, porque dudo que guste a nadie de menos de 40, pero a los de más es posible que les encante. Me declaro culpable.

JORDI MEYA

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