“Supongo que tengo mucha rabia acumulada y sin resolver, y eso es lo que ha salido en este disco”, nos decía Bob Mould en la entrevista que publicamos hace unos días a propósito de Blue Hearts. Con una declaración así, no cuesta mucho imaginar lo que encontrarás en sus 14 nuevas canciones.

Desde que en 2012 se agenciara a Jason Narducy como bajista y a Jon Wurster como batería como sus músicos de confianza, tanto en estudio como en directo, se nota que Mould se encuentra tremendamente cómodo. En cierto modo, y pese algunos matices, los cinco discos, entre Silver Age y Blue Hearts, forman un bloque uniforme en lo que podríamos considerar como una tercera juventud del músico. Podría criticársele que en estos ocho años, Mould ha pecado de conservador, recurriendo una y otra vez a los recursos que tan bien domina. Pero escuchando la vitalidad con la que suena en su nuevo disco, y el nivel de los temas, al menos yo no tengo narices de hacerlo.

Sobre todo porque en Blue Hearts, Mould y sus compañeros atacan sus instrumentos como si no hubiera mañana. Es ese sonido urgente y ruidoso que resultará familiar a cualquiera que esté mínimamente familiarizado con los discos de Hüsker Dü y Sugar. Si hace sólo 17 meses nos encontrábamos con el Mould más happy y pop en Sunshine Rock, aquí tenemos la otra cara de la moneda. Está cabreado. Y nos gusta.

Su voz suena más raspada, las guitarras con más distorsión, los tempos son más rápidos (‘Fireball’ y ‘Racing To The End’ son auténticos cañonazos), y las letras muestran su cabreo y ansiedad ante la deriva política y social en la que ha entrado su país. Pero si algo no puede evitar es que le sigan saliendo unas melodías del copón (‘Next Generation’, ‘Forecast Of Rain’, ‘Siberian Butterfly’, ‘Little Pieces’…). Porque puede que Mould vea cómo todo se derrumba a su alrededor, pero se nota que, en el fondo, no pierde la esperanza.

JORDI MEYA

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