Decimos que una cinta es de carácter “inmersivo” cuando, valiéndose de las capacidades enunciadoras del formato audiovisual, logra romper con los límites que persisten entre espectador y obra. ‘1917’, la más reciente cinta de Sam Mendes, podría definirse como uno de los ejemplos más recientes de dicho fenómeno.

Desde sus albores más arcaicos el séptimo arte ha ostentado una empresa casi utópica: hacer que el espectador se sienta integrado a la narración, esto mediante una serie de agudizaciones formales que tornan aprehensibles los registros emocionales de los personajes.

A pesar de que durante los últimos años nos hemos topado con formatos de carácter revolucionario -el VR es uno de los más prominentes dentro de la lista- los cuales tratan de ensanchar esta posibilidad mediante codificaciones paradigmáticas; no cabe duda de que el formato fílmico tradicional aún esconde una serie de configuraciones capaces de potencializar notablemente su experiencia discursiva.

‘1917’ es una cinta la cual expone esto mediante un posicionamiento específico del dispositivo que permite al espectador acceder a una experiencia de carácter cuasi participativo.

Con esto no me refiero a la interactividad selectiva supuesta por experimentos como la ‘Bandersnatch’ de Black Mirror, sino a una vinculación mucho más ontológica y visceral.

Mediante una interpelación sumamente íntima, la cámara empleada por Mendes entreteje una serie de subjetividades que nos permiten vincularnos a la obra no sólo como espectadores distanciados, sino como confidentes quienes se desenvuelven de forma interna en el relato.

1917 Sam Mendes película cine

Esto permite al espectador asimilar de primera mano una serie de experiencias particulares las cuales, debido a la propia naturaleza corpórea de la cámara, activan nuestra memoria física para vincularnos de forma sensorial con lo que ocurre en pantalla.

Es de esta manera que el relato estira sus manos hacia nosotros para posicionarnos en una susceptibilidad única la cual nos permite experimentar en carne propia las nociones cognitivas de los personajes, mismas que generalmente devienen en un “shock afectivo” capaz de inducir auténticos estados fisiológicos.

Por supuesto, la fotografía es uno de los aspectos más potentes de la cinta; sin embargo, la potencia de sus construcciones visuales no tendría ni la mitad de su poder afectivo sin esa relación de poder la cual permite al espectador escapar de su zona de confort para descubrirse inmerso en una dimensionalidad que funciona de forma análoga a su propia cotidianidad olística.

Mención especial merece la música y la mezcla de sonido del filme, mismos elementos los cuales funcionan de forma absolutamente orgánica para introducir al espectador en atmósferas plenamente palpables las cuales van de lo esotérico a lo decididamente claustrofóbico.

A pesar de no escapar por completo a ciertos lugares comunes los cuales son característicos del cine bélico, ‘1917’ es, sin lugar a dudas, una de las producciones que más prometen para estos próximos Premios Óscar.

 

 

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