El final de la primera temporada de ‘El embarcadero’ a mí me hubiera valido como el final de la serie. Por poder, podría haberlo sido y aún dejando un par de cabos sueltos, mal no hubiera quedado. Por poder, incluso se podría haber corregido su rumbo para que así lo hubiera sido. Ocho episodios, una miniserie, directo y al grano. Todo cerrado. Pero ni fue ni ha sido así: ‘El embarcadero’ quería contar con una segunda temporada…

… ojalá hubiera sido el final. O no.

Esta segunda temporada convierte a ‘El embarcadero’ en la peor y más prescindible serie original de Movistar+. Que al menos ‘Instinto’ ni ha tenido ni parece que vaya a tener 2ª temporada; que al menos ‘Instinto’ se mantenía firme dentro de lo que fuera «lo suyo». Curioso en ese sentido es que, además de «orbitar» ambas en torno al sexo, las dos están producidas por sendas marcas en teoría contrastadas de la televisión… ejem, comercial.

Quizá sea ese el problema. Los dos principales problemas. Como si hubiera sido aprobada en base a su piloto, los dos primeros episodios ‘El embarcadero’ son, eran, fueron estupendos. De ahí en adelante, cuesta abajo y sin condón; en especial durante una segunda temporada a la que se le ven por completo las vergüenzas, rodando ladera abajo, como el producto hinchado y artificial producido para rellenar hueco en una parrilla televisiva que es.

Es una ficción en la que sus personajes hablan, se comportan y reaccionan como en una ficción de espaldas a cualquier realidad. Como sims a merced de los caprichos del jugador. En una ficción marcada además, como lo estaba ‘Instinto’, por la constante, gratuita, cansina y superflua necesidad de «provocar» a través del erotismo barato, en donde no se pierde ocasión para enseñar una teta y cada revelación se compensa con dos polvos.

‘El embarcadero’ es poco más que una bonita portada, que al César lo que es del César: Por fuera luce bastante bien. Resulta técnicamente… atractiva, tanto como vacía está por dentro. Todo es muy de cara a la galería, oportunismo hueco y pusilánime. Un conjunto de postulados agitados y retorcidos al son de una vagina y en busca de ese giro sorpresivo que no lo es, por pura obstinación y alevosía macarrónica enfermiza.

Si la primera temporada no estaba mal, por más que fuera de más a mucho menos, esta segunda incide, y reincide continuamente en todo lo que podía salir mal e ir a peor. Significativamente a peor. Un hilito argumental inflado, languidecido y abotargado hasta la extenuación a través de sexo, tetas, interludios musicales, tramas y personajes secundarios irrelevantes. Pura fachada, mero relleno. Tan sólo un 10% de historia.

Un hilito argumental trastocado a conveniencia, que avanza según interés y el capricho debido, sujeto a ese «girito sorpresivo» que destroza la ya de por sí dudosa credibilidad, enfangada por completo en su condición de burda ficción. De ficción consumista, ligera, falsamente provocadora. De sacar pecho mediante la silicona. De al igual que ‘Heridas abiertas’, ser más un envoltorio que lo que hay dentro: Una película diluida dentro de una serie. La moda.

El final de la primera temporada de ‘El embarcadero’ me hubiera valido como final. Ojalá hubiera sido el final… o tal vez no. Si bien esta segunda temporada ha herido mortalmente la imagen que de la serie tenía, y a su vez ha destrozado las perspectivas que en mi causó, repito, un grandísimo primer episodio, al menos si ha servido para una cosa: Para pasar un buen rato… riéndome. A carcajadas. Y es que al final uno sigue para reírse (por no llorar).

Será la peor serie original de Movistar+, pero también, involuntariamente, puede ser la más divertida… a su pesar. Nuestro pesar.

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