David Bowie: Manual de amor moderno para aliens forma parte de la colección Rock Para Leer , un tributo a la obra y vida del Duque Blanco. El libro cuenta con 22 cuentos ilustrados y, a semejanza de la vieja escuela y las viejas costumbres cuando comprabas un disco y te encontrabas con canciones extra, este libro también tienes sus bonus tracks.

David Bowie: Manual de amor moderno para aliens refleja la visión de cada uno de los autores y de cómo Blackstar llegó a sus vidas para cambiarlas. El bonus track que hoy compartimos estuvo a cargo de Alfonso Valencia.

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Heroína

TXT:: Alfonso Valencia

ILU:: Chale Carl

“Man, she punched me like a dude

Hold your mad hands, I cried”

David Bowie

I

Me han golpeado mujeres y hombres. Golpeado de verdad. Hombres me han molido a puñetazos en bares apestosos. Han explotado sólo porque les he dicho que son unos idiotas. No soy una persona violenta, pero siempre provoco reacciones violentas. Puedo estar tranquilo en la barra del bar y entonces llega uno de estos tipos leoninos de melena rubia alborotada, en camiseta de tirantes, y se pone a mi lado con los brazos en ángulo, clavando sus codos en mi espacio, y le digo: Sólo no me toques, por favor; y entonces voltea, me mira despectivo, me ignora, vuelve a clavar la mirada en la persona al otro lado de la barra y yo balbuceo (apenas un susurro): Qué idiota, y lo siguiente es el ruido de su banco que se estrella contra el piso, su pecho inflado contra mi rostro, y yo, de nuevo (apenas un murmullo): Qué idiota, y luego su puño, la furia de alguien que cree que puede perderlo todo si no explota, alguien que no sabe más que volverse cuerpo y velocidad y furia. Y yo, naturalmente, voy a dar al piso con todo y banco y cerveza. Y no satisfecho, allá abajo me río y repito (ahora sí ya alto y claro): ¡Qué idiota!, y el otro entonces se convierte en su pierna, en su pie, como si pateando mis costillas lo evidente fuera a deshacerse al igual que mi aliento. Casi siempre alguien llega para quitarme al león de encima: lo abraza por la espalda, hace una pinza con sus manos sobre el pecho agitado de mi atacante y de un tirón lo precipita contra la barra mientras le grita: Ya, cabrón, ya estuvo. Yo termino adolorido, pero levanto mi banco y vuelvo a mi lugar. Casi siempre la persona tras la barra me destapa otra cerveza y se disculpa, como si hubiera podido haber hecho algo y no lo hubiese hecho, o como si, en el fondo, hubiese querido también golpearme y al verme derrotado de pronto hubiese cambiado de bando. A veces, esos tipos leoninos, aunque vayan por su cuenta, actúan como manada: una vez, uno que sólo iba pasando me pateó tres veces. Juro que sólo iba de paso: ni le dije idiota ni era amigo del que me golpeaba, sólo escuché una carcajada y sentí otro zapato, puntiagudo, machacar mis costillas. Otras veces, la persona al otro lado de la barra me pide que me retire, como si yo hubiese sido la furia descontrolada que tira bancos y botellas y no sólo una nimiedad aplastada contra el suelo… pero supongo que lo hace porque hay bares sin lugar para los perdedores.

 

Igual me han golpeado mujeres. Golpeado de verdad. También porque las he llamado idiotas. La última vez estaba esperando el camión cuando llegó esta chica con un bolso enorme al hombro, con la cabeza de un perro amarillo asomándose desde un extremo. Se paró junto a mí y el perro empezó a lamerme el brazo. Ya saben lo que pasó, supongo: susurré: No, idiota. Me refería al perro, pero también a la chica, que se veía de esas que saben su mejor perfil para los autorretratos. La chica hizo de su bolso un péndulo que acabó su trayectoria en mi mandíbula, con un sonido acolchado y un chillido del perro. Fui a dar al piso. Idiota, repetí, pensando que ahora sí era algo obvio. Golpear a alguien con tu perro supongo que es una acción a todas luces estúpida. Pero la chica no lo consideraba así, pues volvió a arremeter contra mi cabeza con su embolsado perro. El can chilló de nuevo y yo grité: ¡Lo estás lastimando!; y ella, idiota, respondió: Eso es lo que quiero. Debió escuchar “Me estás lastimando”. ¿Quién querría lastimar a su perro a propósito?: sólo alguien idiota. Afortunadamente, lo que siguió fue que me clavó la punta de su zapatilla negra de charol en las costillas. El perro me miró desde un extremo de la boca del bolso e imaginé su frágil cuerpo, mallugado igual que el mío, y sentí una instantánea hermandad con él. La miré a los ojos mientras me pateaba y le dije: No te lo mereces. No puedo recordar exactamente lo que sucedió después, pero cuando reaccioné, una adolescente con un delantal estampado con el logo de una tienda de cadena contenía a la chica del perro, sujetándola firmemente por los brazos desde la espalda. La chica del perro, al verse imposibilitada a usar sus puños y limitada en sus movimientos, jadeaba y gritaba que quién era yo para decir eso, que cómo me atrevía a decirle eso cuando ella le había dado todo a Esteban y el cabrón se había largado con otro. U otra, no escuché bien, lo acepto. Comprendí que cuando dije: “No te lo mereces”, ella infirió que me refería a Esteban, supongo que su expareja. Un tipo se acercó a preguntarme si estaba bien. Intenté levantarme, pero no pude. El tipo me pidió que me tranquilizara, que la ambulancia estaba en camino. ¿Ambulancia?, Sí, la ambulancia, es preferible que no te muevas. Mi cabeza sangraba. No podía identificar el punto exacto de la herida porque todo era un apelmazamiento de sangre y cabello. El tipo me preguntó las cosas para saber si tienes una lesión cerebral peligrosa. Contesté mi nombre, edad, fecha de nacimiento, dirección, el color de su playera y, además, pude seguir la trayectoria de su dedo que se acercaba y alejaba de mi frente, que dibujaba círculos y símbolos de infinito en el aire. Me dijo que todo parecía estar bien, que no me preocupara. Cuando le pregunté si podía irme, respondió que no, que debía ir al hospital a rayos x y a sutura. Soy doctor, aclaró. ¿La conoces?, No, respondí. Está loca, dijo. La chica del perro ya estaba, digamos, calmada. La adolescente del delantal estampado con el logo de una tienda de cadena estaba sentada junto a ella. Parecía que se habían vuelto amigas. La del delantal me miraba, entre preocupada y condenando algo que no sabría yo decir bien qué. Me quiero despedir del perro, le dije al doctor. Me miró con terror. Me preguntó si de verdad me sentía bien. Le dije que sí, pero que quería ver si el perro estaba bien. Lo que te pasó no te lo hizo ningún perro…, me dijo como si yo fuera estúpido o la hubiese perdido toda con el golpe en mi cabeza. Ya no quise explicarle nada. Idiota. Me miró con lástima antes de cerrar las puertas traseras de la ambulancia. No volví a verlo, y no lo siento como siento no haber vuelto a saber del perro amarillo.

II

No vengo a esta cafetería porque anuncie orgullosa su café “cultivado y cosechado por familias indígenas”, pues, en realidad, el café aquí es una mierda (aunque, debo aceptar: saben su negocio: escribe “orgánico” o “artesanal” en la etiqueta y todo mundo querrá participar de aquello: idiotas). Vengo porque la barista me gusta. Me gustan sus ojos y su sonrisa. A veces nos miramos, pero nada más. Es decir, no soy como ellos: mi mirada no es insistente ni soy capaz de acercarme con una frase certera ni mucho menos de dar un paso que no estoy seguro me hayan dejado dar.

No soy como ellos, como los otros que la pretenden. Los tres son parecidos y muy distintos a mí. O al menos yo miro un mar de distancia entre ellos y yo, porque son más del tipo de esos que me han golpeado en el bar. Son unos pelmazos (nótese cómo pelmazo e idiota, para mí, son lo mismo). No sé mucho de ellos, pero podría intentar crearles una historia: digamos que uno es un alto de barba que siempre parece mirar de lado, como si supiera algo de ti que tú no y se lo guardara antes de soltar una carcajada. El otro parece inteligente: fanfarronea y se truena los nudillos cuando habla con ella. No pongo atención a sus temas, sólo los observo desde el extremo de mi mirada, intentando ocultar mi incomodidad. El tercero siempre huele a yerba y es de esos que te saludan sintiéndose más altos de lo que son, que mueven los hombros como boxeador y hablan tumbado como si de verdad hubiesen visto morir a sus carnales en el barrio. Aunque sé que es un farsante, es el que más me asusta. Supongo que es el más idiota de los tres. Y sí.

III

Entré y pedí lo de siempre y me senté donde siempre. Miraba a la barista y quería decirle que de verdad estaba disfrutando la taza que me había preparado. E iba a decírselo cuando

  • … uno tras otro, entran el alto de barba y el que parece inteligente; ella les sonríe y los saluda como hace habitualmente: ofreciéndoles la mano y la mejilla; ellos están contrariados, porque ambos quieren sentarse en su banco frente a la barra, el cual, claro, resulta que es el mismo; entonces el inteligente debe jalar un banco desde el otro extremo de la barra para poder estar cerca de la barista, está incómodo, se nota, y a pesar de que es inteligente, no logra colar ninguna frase en la conversación; el alto de barba intenta tomar de la mano a la barista, parece que lo ha hecho antes, pero ella se desliza a un costado de la barra para evitar el contacto y el inteligente sonríe; son patéticos, y patético, para mí, no es como idiota o como pelmazo: los idiotas y los pelmazos me enervan, los patéticos me dan tristeza, y como aquello me resulta muy triste, saco un billete de la cartera, lo dejo en la mesa y me dispongo a salir cuando en el marco de la puerta se dibuja la silueta del que siempre huele a yerba: Casa llena, morra, dice, y la barista sólo mueve la cabeza; ¿Qué, campeón, ya te vas?, respondo que sí, La fiesta apenas comienza, dice mientras toma con fuerza mi hombro, Siéntate; ¿Te ibas a ir sin despedirte?, pregunta la barista y arquea los labios hacia abajo como haría una caricatura triste; Qué descortés, eso no se le hace a mi chica, dice el que siempre huele a yerba y aprieta más mi hombro; el alto barbado voltea a ver a la barista, el inteligente también: pelmazos; ¿Qué, no sabían que es mi chica?, díselos, bebé; No me digas así, responde la barista, clavándole la mirada; entonces, el alto de barba grita: ¿En serio?, y el inteligente: Ya me lo esperaba; el que siempre huele a yerba clava más sus dedos llagados en mi hombro, su olor a ropa guardada y sudor y cigarrillo me revuelven el estómago; ¿Qué quieres decir con que ya te lo esperabas?, la barista, enojada, Pues a esto, el inteligente, arqueando la ceja; y el alto de barba: A la verga, ¡me largo!, y entonces el que siempre huele a yerba grita: Ya se los cargó la chingada, morros, y levanta una escopeta que parece más bien hechiza, que parece más un tubo para cortina de baño embonado en un pedazo de madera mal tallada; la barista me mira reclamando un acto heroico, pero, ¿cómo podría, si siempre pierdo y aun cuando no busco problemas termino en el piso?, Ya se los cargó la verga, brama el que siempre huele a yerba y me toma del cabello, clava la punta de su arma en mi espalda, miro a la barista y con los ojos me dice: Ni modo, carnal; ¡Idiotas!, grito alto y claro, la barista mira por encima de mi hombro, parpadea mientras inclina la cabeza y…

desperté molido debajo de una mesa.

No sé quién me golpeó, pero lo hizo como nadie.

Sentí mi espalda y mi pecho doler al mismo tiempo.

Y un ardor en el estómago, como si igual me hubiesen golpeado por dentro.

Me levanté. Los tres pretendientes yacían en el suelo. Tras la barra, la barista sorbía café de una taza. ¿Qué pasó?, pregunté. A veces puedes y tienes que ser la heroína de tu historia, respondió mientras señalaba cinco impactos de bala en la pared.

 

Lee el resto de los bonus tracks. 

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