¿Qué siguen necesitando?

Una pregunta que, aunque repetitiva en estos días, sigue siendo urgente ante la necesidad que persiste entre algunos damnificados tras el terremoto de 6.4 de la semana pasada, especialmente entre aquellos que pernoctan en los campamentos alejados de los refugios y centros de acopio de la zona sur del país.

La respuesta no fue repetitiva.

“Necesitamos carpas, sillas, porque tenemos mucha gente…y besos y abrazos”, respondió Diana Román Negrón, líder comunitaria del campamento levantado en el sector Parcelas Nuevas en el barrio Bélgica de Yauco.

“Yo digo, si no tienen nada qué hacer y quieren donar su tiempo, vengan y denle un abrazo a alguien. Necesitamos abrazos, saluditos. Las cositas materiales son buenas, pero…”, añadió Román Negrón.

“Ha habido dos o tres personas, especialmente niños y envejecientes, que cuando le dan un abrazo se ponen a llorar, porque se sienten solos y perdidos y ese abracito es una seguridad bien buena”, añadió la mujer.

No sabe cómo, terminó dirigiendo el campamento que comenzó con 30 personas y ahora mismo alberga sobre 250 individuos. Regresó al país hace solo seis meses para cuidar de su madre, quien está sufriendo de demencia.

El campamento está colocado en un terreno que cedió un vecino de la comunidad. Algunos vecinos duermen en casetas, otros en sus vehículos y hay quienes descansan en catres ubicados debajo de carpas.

Tienen una pequeña cocina, aunque por ahora no están preparando alimentos gracias a las múltiples donaciones que han llegado desde diversos puntos de la isla. Hoy, por ejemplo, llegó al área un grupo de Barranquitas y Aibonito. Cocinaron fricasé de pollo, carne frita y arroz blanco.

Mientras, en un área más alejada unos voluntarios construyeron un espacio para ducharse. El espacio fue cubierto con toldos azules en los que pintaron un mural de la bandera de Puerto Rico y el nombre de la comunidad.

“Yo digo que es una obra de arte especial, bien especial, porque para mí le está dando dignidad a esa gente que se está quedando aquí, porque nosotros estamos durmiendo en los carros”, expresó sobre el espacio que tiene dos áreas para bañarse, uno para los hombres y otros para las mujeres.

“Aquí hay gente que se ríe, pero no tienen nada porque no pueden entrar a sus casas. Tengo unos tíos que están en sus 70 años y perdieron todo y es triste cuando a su edad tienen que comenzar de nuevo. Uno tiene que tener mucha empatía, compasión y entendimiento porque lo que reflejan afuera no es lo mismo que tienen en su corazón y mentalmente”, señaló Román Negrón.

Una de las acampantes es Vicmarie Munet, de 28 años, quien se encuentra en el lugar junto a su hermano, Víctor, su madre y dos hijos, Omar y Pamela, de siete y nueve años.

Munet recuerda con detalles todo lo ocurrido la madrugada del 7 de enero. “Han sido unos días fuertes y dolorosos ver todas las familias aquí reunidas, llegando la gente diciendo que sus casas se perdieron…ver la angustia de mis hijos y no poder hacer nada, ver el sacrificio de mi mamá, ver el terror en las caras de todos, es duro”, sostuvo Munet.

A las 4:30 p.m. de cada día, dijo, comienzan a mirarse por el temor que representa la llegada de la noche. “Todos nos miramos a la cara porque no sabemos qué va a pasar por la noche. No se sabe en medio de la oscuridad que nos pueda pasar, a dónde vamos a correr…por la noche hacen un grupito de oración y eso es lo que nos mantiene con un poco de fe y esperanza”, expuso emocionada.

“Es muy preocupante esta situación”, expresó.



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