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Las latas de aluminio son un tipo de envase que convive con nosotros de manera habitual. En su interior encierran mariscos de aperitivo, legumbres y, por supuesto, refrescos. Estas últimas son, probablemente, las que más conocemos o eso creemos. Estos envases guardan un secreto que mejora, con creces, la manera de utilizarlas.

Es probable que todos nuestros allegados conozcan de sobra las latas desde que eran pequeños. Sin embargo, fue en la Segunda Guerra Mundial cuando estas conservas se hicieron especialmente famosas. La comida en lata tardaba mucho en estropearse y, por eso, se hicieron especialmente importantes en los frentes.

Aunque las guerras sangrientas son menos comunes que hace sólo un siglo, las latas siguen estando presentes en nuestras vidas. Ahora su uso no se asocia a una de estas terribles causas, sino que hay gente que, incluso, utiliza el líquido de conserva para cocinar recetas saludables, vistosas y, por supuesto, low cost.

Abrelatas y anillas

Hubo un tiempo en el que, para alcanzar el contenido de estos envases, había que echar mano de un abrelatas. Sin embargo, cada vez es menos frecuente utilizar este instrumento capaz de rasgar el metal de estos contenedores alimenticios. En la actualidad, casi todas las latas cuentan con una anilla que permite abrir las latas con mucha facilidad.

La primera función de la anilla, por tanto, es esa: abrir el hermético sello de la caja. Sin embargo, el mundo de los envases es amplio y, en algunas latas, tiene más funciones. Esto se puede observar en su mecanismo. Mientras que en las latas de conservas la anilla se abre con el dedo y se desecha con la tapa, las anillas de las latas de refrescos permanecen mientras bebemos.

Este pequeño detalle hace suponer que la misión de la anilla de la lata todavía no ha terminado una vez abierta. No, las anillas no fueron concebidas para tener una segunda vida como bisutería o para jugar a doblarla de un lado a otro hasta que se separe. Si nos fijamos, estas anillas tienen algo en común: pueden girar sobre sí mismas y ponerse por delante del agujero por el que se beben.

Una solución higiénica

Pero, ¿por qué y, sobre todo, para qué? El mundo se divide en dos grandes grupos: por un lado, la gente a la que le gusta beber a morro y, al otro lado, quienes vierten el contenido de la lata en el interior de un vaso. La segunda opción era, hasta ahora, la más higiénica de ambas.

Sin embargo, es importante saber que existe una tercera vía. Toda lata de refresco posee una solución para que no posemos los labios sobre el metal, que, probablemente, haya entrado en contacto durante la distribución y venta de las latas con cualquier tipo de suciedad. Este mecanismo es la anilla en sí.


El agujero de la anilla sirve para colocar la pajita.

Después de abrir la lata de refresco con la anilla debemos rotarla de manera que se coloque sobre la apertura a través de la cual bebemos. A continuación, insertaremos una pajita -a ser posible, biodegradable- por el círculo más exterior de la anilla. Introducir la pajita en la lata sin más no es la mejor opción, pues las burbujas hacen que esta flote y salga del envase. Para eso fue creado el agujero de la anilla.

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