Guánica – La escena tiene un aire como de velorio. Hay un desfile continuo de personas. Algunas a pie, otras en carro. Miran con rostros compungidos lo que, en este velorio, hace las veces de cadáver.

Cuentan anécdotas de su relación con el muerto. Hablan del tiempo que pasaron allí, de lo aprendido y de lo soñado. A más de uno, se le ha escapado una lágrima, un suspiro o un escalofrío.

El cadáver es el edificio de la escuela pública Agripina Seda, que se ubica en la calle 13 de Marzo del casco urbano de este pueblo.

En la madrugada del martes, 7 de enero, cuando toda la isla era violentamente sacudida por un sismo de magnitud 6.4 que tuvo su epicentro apenas a unas millas de este pueblo, la Agripina Seda se vino abajo. Se derrumbó como un castillo de arena con un estruendo como de explosión, que aterró a los vecinos que lo escucharon mientras veían sus propias casas y todo su entorno sacudirse salvajemente.

La mayoría de los salones del primer piso, incluido el comedor escolar, quedaron aplastados bajo el peso de los dos niveles superiores.



Ryan L. González, de 12 años, quien estudiaba allí el séptimo grado, y como muchos otros fue ayer a ver lo que quedó de su plantel, dice con la candidez típica de su edad lo que está en la mente de todo este pueblo herido por el terremoto del martes: “Si hubiera sido un día de clases y estuviéramos en el comedor, estaríamos ahora ‘aplastaos’, muertos”.

El terremoto del martes ha producido abundantes imágenes de miedo y de dolor. Están los techos partidos, las paredes convertidas en escombros, las casas viradas, las calles agrietadas y las multitudes aterradas por las réplicas que no paran, pernoctando a la intemperie.

Pero, quizás, ninguna imagen ha producido tanto pavor como lo que pasó con esta escuela en la que se supone que hoy, jueves, 185 niños de entre sexto y octavo grado volvieran a clases.

Es que a todos les viene lo mismo a la mente. Los movimientos telúricos son uno de los fenómenos de la naturaleza menos comprendidos.

Es muy difícil saber por qué el movimiento más fuerte ocurrió el martes, 7 de enero, a las 4:24 de la madrugada y no en cualquier otro momento. Todo el que ve la pila de escombros en que quedó convertida la escuela sabe que, si pasa apenas dos días y medio después, habría habido aquí una tragedia impensable.

“Eso fue cuestión de segundos”

“Eso fue cuestión de segundos. Ahí, no hubiera quedado niño vivo”, dijo Héctor Baños, vecino de la escuela.

La comunidad está muy tensa. Los 185 niños, más 19 maestros y maestras, un bibliotecario, un consejero y un trabajador social estaban a diario en una trampa de muerte. Nadie se los había advertido.

O casi nadie.

Daniel Morales, estudiante de séptimo grado, dice que un empleado de la escuela a menudo les decía a los niños: “Si hay un temblor, este edificio se va a partir”.



Nadie del Departamento de Educación (DE)apareció ayer a dar explicaciones, ni a la prensa, ni a la comunidad. Los maestros y demás empleados solo saben que no tienen trabajo “hasta nuevo aviso”. Los estudiantes solo saben que, por ahora, no tienen escuela. Los padres no saben a qué escuela van a enviar a sus hijos de ahora en adelante, ni qué garantía tendrán de que estarán en un lugar seguro.

La pregunta más importante nadie se las ha contestado, ni quizás se las conteste nunca: ¿por qué nadie se percató, o si se percató no informó, de que la escuela no era resistente a terremotos?

“Para nosotros, era una escuela segura. Ya vimos que no fue así”, dice Luis Rivera García, maestro de Educación Física en el plantel los pasados 12 años.

“¿Cómo yo voy a ir a cualquier otra escuela y sentir que estoy seguro?”, se preguntó Rivera García, cuyo salón está entre los que fueron aplastados y a quien se le quebró la voz hablando de esto.

Frente a la escuela, queda todavía un letrero, que no fue tumbado por el terremoto, en el que la gobernadora Wanda Vázquez Garced anuncia orgullosamente que invirtió $29,730 en “renovar” el plantel.

Maestros dijeron que se mejoró el internet, se puso una consola de aire acondicionado nuevo y se instalaron abanicos de techo en algunos salones, entre otros arreglos menores.

Ante la pregunta de si se invirtió dinero en mejorar la decrépita infraestructura del plantel, Rivera García y Aracelis Pacheco, maestra de Español, respondieron a coro: “Eso no”.

La escuela, que originalmente también era escuela superior, fue inaugurada en 1973 y es propiedad de la Oficina para el Mejoramiento de las Escuelas Públicas (OMEP), la dependencia del DE a cargo de algunos de sus planteles, pues otros son de la Autoridad de Edificios Públicos (AEP).

En principio, era de un solo nivel, pero en el camino se le construyeron los otros dos pisos. Aunque el DE nunca dio indicios de que fuera un edificio inseguro, en el vecindario siempre se comentó que tenía vicios de construcción, dijeron vecinos.

Habla un ingeniero

José Martínez Cruzado, un ingeniero que la inspeccionó voluntariamente a petición del municipio después del sismo del Día de Reyes, dijo ayer que recomendó no usarla hasta que fuera reparada.

Ayer, Carlos Acevedo, director del Negociado para el Manejo de Emergencias y Administración de Desastres, quien no es ingeniero, quiso contradecirlo: “Después (del sismo) de (magnitud de) 5.8 (el Día de Reyes), la escuela fue inspeccionada por un ingeniero estructural y la escuela pasó inspección. En el (sismo de magnitud) 6.4, colapsó. Así que yo puedo tener un escuela ahora que pasó la inspección con el 6.6 y que haya un 7.5 y se caiga”.

A esto, Martínez Cruzado respondió: “Usted puede inspeccionar una estructura y ver si está agrietada o no, pero eso no quiere decir en ningún momento que te va a aguantar un terremoto más grande. Lo que quiere decir es que ese terremoto que hubo no ocasionó daños, pero no garantiza que pueda resistir un terremoto más grande. No hay nada garantizado”

Irmarie Ramírez, de 27 años, madre de un niño de 12 que estudiaba en la Agripina Seda, vecina del sector Malecón de este pueblo, no puede regresar a su casa por los daños que sufrió durante el terremoto.

Ha pernoctado (no se puede decir que realmente haya dormido) en un catre donado por una organización no gubernamental bajo una carpa en las afueras de un coliseo local. Dentro de la desgracia, dice, estaría más tranquila si su hijo Keythens Martínez pudiera volver a una escuela segura.

La incertidumbre sobre dónde estudiará es una complicación adicional.

“Estoy un poco molesta porque tenían que decir las cosas como son”, dice. Keythens la mira y repite lo que está en la mente de toda Guánica: “Me habían dicho que la escuela era fuerte. Hubiera habido muchas muertes de niños. Esa escuela siempre estaba llena”.

La reportera Laura Quintero Rodríguez colaboró en esta historia



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